Entramos en Agosto, el mes más minifestivalero del año, donde las minipistas se llenan de niños y niñas ávidos de minifiesta. En la barra, agua fría, zumitos de piña y puede que incluso alguna cocacola sin cafeína. A los platos, animadores veinteañeros más morenos que el carbón armados con micrófono y muchas ganas de palique, en algunos casos disfrazados de ballenas, calamares o demás mascotas de hotel de verano.

Separados, a pocos metros de la pista, los padres de los minifiesteros tratando de aprovechar el único momento del día en que podrán tomarse un gintonic tranquilo, siempre que su crío/cría no se deje llevar por la emoción del musicón y acabe despeñándose desde el podium y alegrando las vacaciones familiares.

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